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miércoles, 12 de septiembre de 2012

La degeneración de nuestra sociedad

La juez, el fiscal y el Gorrinín  (Arturo Pérez-Reverte)

Parece el título de una película italiana de los años 50, de las de Dino Risi o Vittorio de Sica; pero a diferencia de aquéllas, ésta no tiene puñetera gracia. O sí, según se mire. Para reírte un rato, con desesperación, de este país de payasos. En cualquier caso, situémonos: Galapagar, sierra de Madrid, hace un par de semanas. Protagonista involuntario, un picoleto que en coche oficial verde y blanco, con pirulo y rótulo de Picolandia, transporta a su domicilio a una mujer maltratada. Después se acerca a un estanco a comprar tabaco. A los veinte pasos oye un ruido a su espalda, se vuelve y ve a dos pavos que han roto un cristal del coche y están desvalijándolo por la cara. Echa a correr hacia ellos, y los artistas se abren a toda leche llevándose el gepeese del coche y la cartera del agente con su deneí, su carnet de cigüeño, sus tarjetas de crédito y su permiso de conducir, que tenía en la guantera. El guardia llama por radio a los colegas. Galapagar es un pueblo pequeño, y un par de picos se ponen a buscar a los malos. Empieza la caza del hombre.

Ahora vamos con los malandros. Un español y un moro. El español, conocido en el pueblo como delincuente habitual de toda la vida, tiene 35 tacos, y para que se hagan ustedes idea de la calaña del hijoputa, responde al elegante apodo de Gorrinín: treinta detenciones entre 1997 y 2001, seis durante 2010 y ocho desde enero de este año, fecha de su última salida del talego. O sea, 44 coloquetas en cinco años y sigue en la calle. Entra por una puerta y sale por otra. Para entendernos: una típica criatura maltratada por la injusta sociedad moderna. El consorte también es criatura maltratada típica: se llama Jalil, y según me cuenta un amiguete de confianza que tengo próximo al juzgado local, «no es muy listo, así que mayormente el otro lo lleva para que se coma los marrones, porque como es moro lo sueltan en seguida». El caso es que los dos colegas, tras desparramar el coche y largarse con el botín, están echándole un vistazo a la cartera del picoleto cuando antes de tres minutos de reloj les caen encima los colegas del damnificado. Alto a la Guardia Civil y todo eso. Fin del segundo acto.

Cacheo de rigor. Contra la pared, brazos y piernas separadas. Y cuando están en ello, y uno de los guardias va a registrar al Gorrinín, éste se revuelve de pronto, saca una navaja y le pega al representante de la injusta sociedad que lo maltrata una mojada que, de no apartarse a tiempo el picolino, lo pone mirando a Triana. Pero sólo le alcanza un tajo en el brazo izquierdo -que necesitará seis puntos de sutura en el centro de salud del pueblo-. Los dos se agarran y caen al suelo, el Gorrinín pegando navajazos y el cigüeño ensangrentado, procurando no llevárselos él. Al final vence la ley y el orden, como se veía venir, y al Gorrinín y al Jalil se los llevan esposados al cuartelillo. Diligencias, etc. Al rato, él y el consorte están en el vecino juzgado de Collado Villalba. Y allí empieza el cuarto acto del sainete, que es mi favorito.
El fiscal debe de estar muy ocupado, porque no aparece por ninguna parte. Y como no hay fiscal que fiscalice, la juez de guardia, conforme a lo previsto en el artículo 505.4 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ordena la inmediata puesta en libertad del Gorrinín y su colega. Sin fianza. Eso sí, con la seria advertencia -a uno que lleva ocho detenciones por robo y lesiones en lo que va de año- de que se presente cada quince días en el juzgado. So pena, si incumple, de afearle seriamente la conducta. Así que al Gorrinín le quitan las esposas y le señalan la salida: puerta, camino y El Viti. Y el ciudadano, con la contrición y pesadumbre que son de suponer, se dirige hacia ella; no sin antes detenerse en la puerta, dirigir una pedorreta a los funcionarios del juzgado y a los guardias que están allí, y anunciar literalmente: «Soy el amo de Galapagar, y no podéis hacerme nada. Ya veréis. Os vais a cagar». Y luego, rascarse los huevos, encender un pitillo e irse a tomar unas cañas.
Ahora hagan ustedes, porfa, el bonito ejercicio de imaginar que al picolo del navajazo se le hubiera ocurrido sacar el fusko durante la pajarraca. Y que en el forcejeo se le hubiera escapado un tiro. O que, por impulso propio del instinto de supervivencia, se lo hubiera pegado a propósito al malo entre ceja y ceja, tras el primer navajazo. Calculen los titulares: respuesta desproporcionada, brutalidad picoleta, fascismo guarro, etcétera. Y los telediarios abriendo con nombre, apellidos, domicilio y foto de primera comunión del guardia. Que podía darse por bien jodido, el infeliz. Iban a salirle fiscales localizables y jueces rigurosos hasta de debajo de las piedras. 

jueves, 2 de febrero de 2012

¿Ocurrirá en China algo parecido a la primavera árabe?

Algo se está cociendo en el gigante chino.  Su alta activida en internet muestra el malestar de una sociedad que tarde o temprano esta abocada al cambio. La pregunta es; cómo sucederá este cambio? se hará de una forma violenta como en la primavera árabe, o se irán introduciendo libertades de manera paulatina y así evitar una revolución que si se produjera sería el desmembramiento de lo que ya es la primera potencia del planeta.
Muy interesante el blog de Angel Villarino en Cotizalia:

Hace poco supimos que los usuarios de microblogs chinos se han multiplicado por cuatro a lo largo de 2011. Cerca de 300 millones de personas, en su mayoría jóvenes, utilizan ya herramientas similares a Twitter para compartir información, enlaces y opiniones. El Gobierno chino, por supuesto, trata de controlarlo, pero sus esfuerzos no parecen suficientes para frenar la avalancha. Así, por ejemplo, no se han detectado cambios importantes en la cantidad o el tono de los comentarios desde que se obligó a los usuarios de Pekín y Shanghai a identificarse con su nombre real y su documento de identidad a finales del año pasado.
Cierto es que en los microblogs chinos, los llamados weibo, hay toneladas de información irrelevante, tanta como en cualquier otro país. Pero en medio de la trivialidad brota la crítica feroz, el sarcasmo, las propuestas concretas y otras actitudes que lindan con el activismo social y político. Las redes, por ejemplo, entran en ebullición cada vez que los niveles de contaminación de la capital se disparan. Cuando ocurre, que es muy a menudo, se suceden miles de comentarios como éstos:
Menos mal que tenemos a la embajada de Estados Unidos para informarnos de los niveles reales de contaminación. ¡De lo contrario no nos enteraríamos nunca!”
“Pekín cada vez está más contaminado y al mismo tiempo cada vez es más caro vivir aquí. ¿Qué nos están haciendo? ¿Y por qué somos tan tontos?”
Un Gobierno que nos lleva a esta situación debería ser simplemente derrocado
“Pekín te da la bienvenida. Ya te puedes envenenar respirando”.
“¡Pekín es como la cámara de gas de un campo de concentración nazi!”
En sus salivazos de 140 caracteres, los microblogueros no sólo hablan de contaminación, también de corrupción, de malgobierno, de injusticias, abusos laborales… incluso de democracia. Generan una suerte de ‘opinión pública’ y desmienten esa percepción extendida en el extranjero según la cual los chinos no se quejan de sus dirigentes ni se plantean la legitimidad de su Gobierno.
En los últimos meses, y especialmente a cuento de la Primavera árabe, se ha hablado mucho del poder de las redes sociales y otras herramientas de intercambio de información como Twitter para detonar y alimentar revueltas populares. Parece remota la posibilidad de que en China ocurra algo parecido a lo que sucedió en Túnez o Egipto, a pesar de la creciente conflictividad social y de levantamientos como el del pueblo de Wukan, donde se utilizaron las redes sociales para difundir información, fotos y vídeos. Allí se demostró, una vez más, la preocupación con la que observan las autoridades chinas la libre difusión de información en Internet. En Wukan no se hizo finalmente uso de la represión policial, pero sí del aparato censor, prohibiendo incluso teclear el topónimo en Internet.
Quizá más importante que su eficacia a la hora de incitar un levantamiento es la capacidad de Internet para modificar el modo de entender el mundo y relacionarse. Y eso sí que se está produciendo en las ciudades chinas con una velocidad e intensidad incluso superior que en el resto del mundo. Los jóvenes les hacen cada vez menos caso a los medios de comunicación y acuden masivamente a fuentes alternativas para enterarse de lo que ocurre. Es más o menos lo que está ocurriendo en Occidente, pero multiplicado por diez. No es extraño que este tipo de herramientas de información libre sean aún más seductoras en un ambiente fuertemente censurado en el que la “información profesional” está muy controlada por el poder y tiene su credibilidad por los suelos.
Una de las reflexiones más inteligentes al respecto se la escuché a la cantante chino-americana Helen Feng en una reciente entrevista que le hice en su estudio de grabación de Pekín. Aunque nació en China, Helen se ha educado en Estados Unidos y eso la coloca en una posición privilegiada para comparar a la juventud del gigante asiático con la occidental. Desde su punto de vista, los chinos están mucho menos pegados a la corriente dominante, al mainstream, que sus coetáneos en Estados Unidos.
Creo que los estadounidenses, incluso los que se creen más modernos, siguen comiendo de la mano de los medios tradicionales. Aunque los lean por Internet, eso no cambia nada, siguen a la industria mayoritaria. Incluso en las redes sociales, lo que enlazan mis amigos americanos son noticias de medios conocidos. En China es diferente. Aquí la mayoría de la gente joven pasa completamente de los grandes medios. Su mundo está en Internet y ahí intercambian y buscan de todo en blogs, páginas alternativas, archivos, informes.... Sé que suena raro, pero creo que los jóvenes internautas chinos van por delante, son la vanguardia. Siempre se habla de Sina Weibo como una copia de Twitter, pero hay otras herramientas que no existen en Occidente, como Douban, donde se pueden compartir películas, partituras, música y todo tipo de archivos con una agilidad fantástica”.
Helen ilustra su argumentación con una metáfora muy bien construida. “A la hora de informarse, los jóvenes chinos son ratones entrenados para encontrar el queso en un laberinto complicadísimo, en el que se tienen que esforzar y pasar horas buscando para llegar a encontrar lo que les gusta. A los ratones occidentales, sin embargo, les ponen delante montones de comida de aspecto suculento. Y sólo tienen que alargar la mano para hacerse con ello”.